A modo de cierre (por ahora)

Reducir todo este montaje a la figura de un provocador de redes sería caer en el anzuelo más elemental del espectáculo político. Este personaje no es más que un fusible intercambiable, un mandadero funcional que repite el libreto que le escriben en las oficinas de propaganda estatal y sale a jactarse en Guarulhos de su deportación.
Al igual que ocurre con la comparsa de los Komunikagadores y Les Parakes de la Ultra, concentrar el repudio en el peón de turno implica dejar impune al verdadero titiritero. Es otra letrina más de la cloaca máxima instalada en Planalto, quien pretende ahora decir que la cosa es con Milei, cuando no es más que otro operador parapolicial del Estado.
El responsable intelectual, el estratega de este dispositivo de amedrentamiento y desvío es Luiz Inácio Lula da Silva y el aparato de poder de Planalto. Son ellos quienes envían a sus esbirros a sembrar argentinofobia para tapar las derrotas históricas en el Maracaná, la represión cotidiana en sus propias calles y la vergonzosa alfombra roja que le tienden en sus puertos a la Royal Navy británica mientras usurpa nuestras Islas Malvinas.

Del otro lado, la respuesta del Estado argentino vuelve a ser de una mediocridad apabullante. En lugar de enfrentar la traición geopolítica con una doctrina soberana real, se festeja la aplicación de un DNU liberticida y nefasto que atenta contra las libertades individuales.
La soberanía no se defiende imitando la lógica persecutoria del enemigo ni validando herramientas de censura; se defiende denunciando sin eufemismos a la potencia usurpadora, a los colaboradores regionales que le abastecen sus buques y a la red de operadores paraestatales que sirven de fachada al régimen de Brasilia.
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