Kurdistán: la dignidad de un pueblo que los imperios quieren invisibilizar

Cuando hablan de la “santidad” de algún Estado o de la pureza de sus causas, recordemos que incluso los que se dicen víctimas de una guerra imperialista suelen tener sus propios sótanos oscuros. Hay quienes, mientras denuncian al opresor externo, someten a las mujeres de sus propios países a límites inconcebibles de control y violencia.

Esos mismos sectores que, basándose en supuestos cursos de marxismo dictados por el Ku Klux Klan, pretenden vendernos que regímenes teocráticos como el de Irán son simples “víctimas” o que justifican el exterminio de poblaciones enteras, se olvidan convenientemente del Pueblo Kurdo. Una nación de más de 45 millones de personas —tan populosa como la Argentina— fragmentada y perseguida por las fronteras que los imperios y las tiranías locales dibujaron.

Pero en el norte de Siria, en la región de Rojava, la realidad le escupe en la cara a los autoritarios de todos los pelajes. Allí no esperan órdenes de ningún Estado central ni de ninguna jerarquía religiosa. Implementaron el Confederalismo Democrático: una autogestión real, comunitaria y profundamente antipatriarcal.

Donde el fundamentalismo intentó borrar identidades, las mujeres kurdas tomaron la cosa en sus manos. Con las YPJ (Unidades de Defensa de las Mujeres), no solo empuñaron las armas para frenar el avance del autoritarismo cuando los ejércitos oficiales retrocedían, sino que construyeron una forma de vida que hace temblar a los opresores. Supieron hacerse temer no solo por su puntería, sino por su libertad. Porque no hay nada que le dé más miedo a un tirano —venga de donde venga— que una mujer que no le debe obediencia ni a él, ni a su Estado, ni a su dogma.

Los Estados Unidos y el Estado de Israel pretenden que los kurdos son sus aliados pero se dedican a albergar a Al Nusra en sus bases para exterminarlos. Pretenden que son sus tropas en el territorio en su guerra imperialista con Irán y lo repiten mil veces pensando que ello hará que cambie el curso de la Historia, cuando en estos tiempos los pueblos se comunican a la velocidad de la luz mientras ellos quieren que la humanidad retroceda en cuatro patas.

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