INTRODUCCIÓN AL INFORME
El escenario de la infamia no podría ser más perfecto: Río de Janeiro, la ciudad que bajo el mando de Luiz Inácio Lula da Silva se ha convertido en un set de filmación para la propaganda estatal y en un calabozo para los argentinos. Y todo por que la Selección Argentina osó ganar un Mundial y lo tiene alquilado a su par brasileño en el Maracaná.
Mientras, este viernes 6 de marzo, el Presidente brasileño se fundía en un abrazo de seda con Paolo Rocca para inaugurar la Escuela Técnica Roberto Rocca en Santa Cruz, a pocos kilómetros, en esa misma ciudad, el Estado brasileño sostiene el secuestro de la abogada argentina Agostina Páez.
Es el retrato obsceno de la doble vara: para el magnate de Techint —ese “planero VIP” que sabe aceitar todas las cajas— y los asesinos británicos hay alfombra roja y sonrisas; para la laburante argentina que se resistió a un acoso sexual en Ipanema, hay una tobillera electrónica y el terror de un juicio sin garantías.
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