La falacia del Secreto Militar y el negocio de la sombra

La coartada oficial repite hasta el cansancio que el secreto es necesario para “no alertar a las potencias enemigas”. Esa es una mentira infantil diseñada para incautos. En el mercado geopolítico real, los satélites, las agencias de inteligencia globales y el propio complejo industrial-militar angloamericano conocen al detalle cada tornillo, cada radar y cada munición que se compra en el Atlántico Sur antes de que se seque la tinta del contrato.
Muchos de los proveedores a los que se les compra responden de manera directa o indirecta a la estructura de la OTAN. Por lo tanto, el Reino Unido y sus aliados tienen la planilla de embarque sobre la mesa mucho antes que cualquier legislador argentino. La pared del Secreto Militar no se levanta para taparle los ojos al enemigo externo: se levanta para taparle los ojos al Pueblo argentino.
Se le oculta a la ciudadanía para que no pueda ejercer el control de la caja; se le oculta a los trabajadores para que no sepan cuánto dinero se desvía del presupuesto social hacia los negocios de la defensa; y se le oculta al periodismo de investigación para blindar las comisiones millonarias que cobran los intermediarios de siempre.
El Secreto Militar en el manejo de las partidas públicas nunca protegió la soberanía de la Patria; siempre protegió el bolsillo del funcionario que firma y la impunidad del negociante que cobra.
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