La monárquica terquedad de Milei y su odio infranormal a la UBA

A modo de cierre (por ahora)

Ahorcado por las calles repletas en esta Quinta Marcha Federal, apretado por las sanciones conminatorias que corren como un taxímetro implacable en los tribunales federales y acorralado por el rechazo transversal de la comunidad educativa, científica y trabajadora, el Gobierno intenta la fuga hacia adelante.

Pretenden gobernar mediante el desacato sistemático, como si la voluntad de un Ejecutivo encerrado en su dogma pudiera estar por encima del mandato constitucional y de las sentencias firmes. Sin embargo, la ficción monárquica encuentra su límite infranqueable en la realidad: ni la persecución mediática ni la represión en las calles han logrado amedrentar a una sociedad que entiende que defender a la Universidad Pública es defender la existencia misma de la Nación.

Aunque las astreintes le imponen un torniquete fáctico y un costo patrimonial ahogante a la bravuconada administrativa de sus funcionarios, nadie prevé que el maula vaya a clavar las guampas por una repentina convicción republicana o un arrebato de cordura institucional. Lo hará, si acaso, cuando la acumulación de la rebeldía popular en las plazas y la presión asfixiante de la Justicia tornen absolutamente insostenible la pretensión de convertir al país en su feudo personal.

La jornada de este 15 de octubre dejó un mensaje rotundo que trasciende cualquier cálculo de gabinete: los derechos no se negocian en el mostrador del ajuste ni se entregan ante el garrote del Estado.

La historia argentina es terminante al respecto: frente a las tiranías de decreto y las órdenes infames, la resistencia del pueblo no es solo un derecho constitucional, es un mandato histórico.

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