La falacia de la “obediencia debida”

Es preciso remarcarlo desde una perspectiva jurídica y política inflexible: si alguna vez pretendió existir la “obediencia debida” para justificar el atropello contra el propio pueblo, hoy la legislación, los tratados internacionales y la Jurisprudencia la reprueban categóricamente.
Ningún uniforme, ninguna orden superior ni ningún protocolo de seguridad dictado entre gallos y medianoche pueden servir de escudo para amparar la ejecución de actos manifiestamente ilegales contra la ciudadanía o el derecho a la protesta.
Cuando el mandato de la autoridad se vuelve ilegítimo, arbitrario e inconstitucional, la ejecución sumisa de esa orden convierte al efectivo en coautor de la ilegalidad.
La obediencia ciega a una tiranía de decretos y desacatos no es un deber profesional: es una complicidad punible.
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