Una Gira para el Bienestar de Milei y nada más

A modo de Cierre (por ahora)

La gira neoyorquina de Javier Milei no fue un tropiezo diplomático ni un exceso de excentricidad personal; fue la escenificación transparente de un proyecto político que concibe a la Nación como un activo negociable y al ejercicio del poder como un trámite de validación externa.

Entre la mística por encargo en Brooklyn, la genuflexión geopolítica en la ONU y la entrega sistemática de los recursos estratégicos a los fondos de Wall Street, la comitiva oficial regresó con las manos vacías de divisas reales pero con el casillero lleno de compromisos que comprometen el futuro de varias generaciones.

El costo de este periplo no se mide en los viáticos de la comitiva ni en los aplausos de un auditorio rentado, sino en la erosión acelerada de la soberanía nacional. Mientras la diplomacia del aplauso celebre cada concesión territorial o impositiva como un triunfo de la “libertad”, la realidad del país seguirá marcando la cuenta a pagar: un Estado desmantelado en sus capacidades de control, una causa Malvinas relativizada por conveniencia de mercado y un pueblo al que se le exige el sacrificio cotidiano para financiar las exenciones del capital transnacional.

La historia enseña que los remates patrimoniales celebrados con entusiasmo en el extranjero tarde o temprano encuentran su límite en el territorio.

Por más que el Presidente insista en actuar como un visitante ilustre en su propia tierra, la factura de esta subordinación serial no la pagará la claque neoyorquina, sino una sociedad que empieza a registrar que detrás de la pirotecnia ideológica no hay un plan de prosperidad, sino un esquema clásico de saqueo y despojo.

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