Una Gira para el Bienestar de Milei y nada más



Introducción al Informe

Milei viajó a New York para hablar en la Asamblea de las Naciones Unidas, luego se dedicó a hacer una devoción de su alineación con el Estado de Israel los Estados Unidos y Capitalismo Salvaje.

Como él siente mejor así, se dedicó a reuniones espirituales con miembros destacados e instituciones judías, reuniones con economistas facciosos de su brutal palo y en Foros Económicos, regalando lo que quede de los huesos de la abuela, sin importar los costos.

Que los endeudados sean cada vez más no importa, que la pobreza e indigencia hayan crecido en los últimos meses a tasas chinas no interesa, lo importante es que el Monarca se sienta bien repitiendo clichés y barbaridades y tenga una claque mercenaria, para nuestro Primer Magistrado es más que suficiente.

Total, pagan los pueblos y los territorios y están muy lejos de él y muy vigilados por fuerzas de seguridad que siempre prefieren servir a los patrones.

Se postró cada vez que pudo con Trump y Netenyahu, gozó explicar lo alineado que estaba, de su condición de Cómodus Vizcach, de lider de la Revolución que no altera rutina y todo hecho con la menor de las dignidades posibles.

Habló sobre Malvinas a la espera de que su única carta (el chantaje de Vaca Muerta) funcionara, pero ni Estados Unidos salió a bancarlo que es un secreto a gritos que Trump dejó muy tranquilo al Primer Ministro Británico Andy Burnham.

Nuestro Presidente se dió gusto de cacarear los británicos sin preocupar a su amo. Milei no ha hecho más que la plancha, gozando de una autocomplacencia casi enfermiza.



La Gira de la Escandalosa Subordinación a los Estados Unidos e Israel

El paso de Javier Milei por Nueva York volvió a exhibir el núcleo de su política exterior: un alineamiento incondicional con Estados Unidos e Israel donde la devoción ideológica prima sobre cualquier pragmatismo estratégico.

Durante la cumbre del “Escudo de las Américas”, el mandatario argentino no ahorró gestos de subordinación ante Donald Trump, celebrando sus intervenciones con entusiasmo en redes sociales y acatando la agenda de seguridad hemisférica de Washington.

Esta postura relegó la histórica neutralidad de la diplomacia argentina a un papel de mera adhesión a los intereses norteamericanos.

El encuentro bilateral con Benjamín Netanyahu elevó esa pleitesía a un nuevo extremo, convirtiendo a la delegación argentina en el principal sostén político de un líder israelí acorralado por el aislamiento internacional.

En un escenario donde numerosos países le daban la espalda en la Asamblea General de la ONU y las calles de Manhattan registraban multitudinarias protestas, Milei le prometió “apoyo incondicional” y llegó a afirmar que Israel no existiría sin su figura, transformando a la Argentina en el aliado idóneo para oxigenar la imagen del Primer Ministro israelí.

El punto de mayor costo para el interés nacional se evidenció en el tratamiento de las operaciones de la petrolera de capitales israelíes Navitas Petroleum en el yacimiento Sea Lion en las Islas Malvinas. En la mesa chica, la diplomacia argentina prefirió “hacerse el oso” y eludir un reclamo firme para no agrietar la foto bilateral, mientras Netanyahu se amparaba en el cómodo argumento de la independencia de los capitales privados.

De este modo, el Gobierno subordinó la firmeza en la Causa Malvinas en pos de mantener intacta la sintonía geopolítica y doctrinaria con Tel Aviv.



La Gira Espiritual del Presidente en New York

Ni bien llegó a la Gran Manzana, Milei llegó sobrecargado de espiritualidad pagada por los contribuyentes, para el solaz y único beneficio de nuestro Primer Magistrado y su propio ego. Expresó su amor por el pueblo judío y el Estado de Israel, que nos da que pensar que haberse hecho el tonto en las Naciones Unidas con la traición de Navitas Petroleum.

No fue solamente expresar su amir por Israel, fue mezclar todo con su alineamiento criminal que incluye a los Estados Unidos como garantes de traiciones inmediatas. Milei quiso dejar en claro que hablaba en serio cuando se definía como el Presidente más sionista del mundo.

Empezó en Queens, donde el 22 de septiembre Milei visitó el complejo educativo judío Yeshiva Darchei Torah. Fue distinguido con el galardón “Ohev Yisrael” (Amante de Israel) que suponemos que con sus continuas genuflexiones hacia ese Estado se lo debe tener más que merecido.

Continuó con su periplo místico en Crown Heights, donde mantuvo una audiencia privada con el rabino Simón Jacobson, referente de Jabad-Lubavitch y fundador del Meaningful Life Center.

Este encuentro no fue un hecho aislado, sino la reconfirmación de un vínculo tejido en plena campaña de 2023, cuando el por entonces candidato buscaba en las enseñanzas del Rebe de Lubavitch un halo de legitimidad trascendente que Jacobson tradujo en el mandato de asumir un “liderazgo espiritual e inspirador”.

En esta nueva escala neoyorquina, entre disquisiciones sobre la providencia divina y la moralidad del poder, Milei volvió a refugiarse en la figura del rabino como faro teológico, consolidando un esquema donde la fe individual y las convicciones privadas se confunden impunemente con la agenda pública y la representación de todo el pueblo argentino.



La Gira para Servir a los Millonarios en el Saqueo

Mientras en los discursos públicos ensayaba su habitual pirotecnia ideológica y sus actos de subordinación geopolítica, en la trastienda neoyorquina Javier Milei desplegó la verdadera razón de ser de su viaje: la entrega llave en mano de los recursos estratégicos de la Argentina al gran capital financiero internacional.

Lejos del escrutinio de la opinión pública, la agenda del mandatario se estructuró en una seguidilla de reuniones privadas, mesas redondas a puertas cerradas y encuentros de trabajo ante los mayores fondos de inversión y magnates de Wall Street.

Un itinerario reservado diseñado con un solo propósito: certificarle a los mercados que el país se encuentra en liquidación y con garantías de impunidad para el extractivismo más despiadado.

En cada una de esas exposiciones exclusivas, el Presidente actuó como el mejor vendedor de un remate patrimonial. Ante un auditorio de ejecutivos que manejan cajas de escala planetaria, Milei no ofreció un plan de desarrollo soberano ni la generación de valor agregado local, sino el desmantelamiento de cualquier traba normativa, ambiental o laboral que ose entorpecer la maximización de sus ganancias.

Amparado en la arquitectura del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), les garantizó exenciones impositivas extraordinarias, libre disponibilidad de divisas y un marco de sometimiento legal que blinda los intereses transnacionales frente a los derechos del propio Estado argentino.

La puesta en escena dejó al descubierto la hipocresía del relato oficial sobre la “libertad”: una libertad entendida exclusivamente para que los fondos buitre y las corporaciones mineras, energéticas y petroleras saqueen a gusto dejándole al Pueblo las cicatrices de su avaricia.

Frente a las mesas ejecutivas de la Gran Manzana, el Presidente ofreció al país en bandeja de plata, ratificando que su proyecto político no es más que la garantía institucional para una nueva era de expolio colonial, donde el esfuerzo de los argentinos financia las rentas de los multimillonarios del Norte.



A modo de Cierre (por ahora)

La gira neoyorquina de Javier Milei no fue un tropiezo diplomático ni un exceso de excentricidad personal; fue la escenificación transparente de un proyecto político que concibe a la Nación como un activo negociable y al ejercicio del poder como un trámite de validación externa.

Entre la mística por encargo en Brooklyn, la genuflexión geopolítica en la ONU y la entrega sistemática de los recursos estratégicos a los fondos de Wall Street, la comitiva oficial regresó con las manos vacías de divisas reales pero con el casillero lleno de compromisos que comprometen el futuro de varias generaciones.

El costo de este periplo no se mide en los viáticos de la comitiva ni en los aplausos de un auditorio rentado, sino en la erosión acelerada de la soberanía nacional. Mientras la diplomacia del aplauso celebre cada concesión territorial o impositiva como un triunfo de la “libertad”, la realidad del país seguirá marcando la cuenta a pagar: un Estado desmantelado en sus capacidades de control, una causa Malvinas relativizada por conveniencia de mercado y un pueblo al que se le exige el sacrificio cotidiano para financiar las exenciones del capital transnacional.

La historia enseña que los remates patrimoniales celebrados con entusiasmo en el extranjero tarde o temprano encuentran su límite en el territorio.

Por más que el Presidente insista en actuar como un visitante ilustre en su propia tierra, la factura de esta subordinación serial no la pagará la claque neoyorquina, sino una sociedad que empieza a registrar que detrás de la pirotecnia ideológica no hay un plan de prosperidad, sino un esquema clásico de saqueo y despojo.