Locomoción TV – Noticias #107

Milei, sus odios y nuestras pobres vidas

El escenario político de los últimos días expone la radicalización de una dinámica comunicacional de Estado basada en la confrontación constante y la fabricación de enemigos diarios. Javier Milei ha decidido desplazar el foco de su cruzada contra la educación pública para golpear de lleno a la clase pasiva, intentando instalar la burda falacia de que les jubilades quiebran las arcas del Estado.

Esta agresión no es un hecho aislado, sino la continuidad de una política de hambre y licuación que reactivó la resistencia histórica de los miércoles frente al Congreso: una trinchera de dignidad que emparenta de forma directa con la herencia de Norma Pla de 1991 y que reventó el letargo previsional tras el veto presidencial a la ley de movilidad el pasado 28 de agosto de 2024.

Mientras el oficialismo aplica un manual de desgaste pasivo y ghosteo institucional frente a marchas pacíficas y multisectoriales que se ganan el apoyo orgánico de los conductores en la calle, el presidente se refugia en su superborragia tuitera.

A través de sus redes, el mandatario ha inaugurado formalmente el archivo de agresiones institucionales firmando el “Ataque Número Uno” contra el periodismo, utilizando términos vulgares como “mierda”, “miserables” y “basura mediática” para cerrar con una consigna alarmante: la confesión explícita de que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

Esta cacería discursiva es replicada al dedillo por las cadenas del Odio Oficial y sus satélites digitales “Les ParaKes de la Ultra”, quienes operan bajo la lógica del “loro anestesiado”. Como en la matriz prehistórica de Spy versus Spy, el Espía Blanco oficialista y el Espía Negro de la oposición se alimentan mutuamente en una simetría perfecta de desinformación.

No les importa la veracidad de los datos, ni el ridículo de defender bulos equivalentes a un “Yunque de Telgopor”; su única función paraestatal es la multiplicación de bandos, el negocio de la indignación y el disciplinamiento social mediante el asedio digital, cobrando de ventanillas distintas pero alimentando la misma caldera corporativa.

¡Vamos a los informes!

La sobreactuación del odio oficial y sus repetidoras a granel expone la precariedad ética de un poder central que necesita el bombardeo discursivo para camuflar el saqueo de la soberanía nacional y el vaciamiento del entramado social. Que pretendan disciplinar con el miedo o con manuales de operaciones baratas es una idiotez soberana.

La persistencia incontrastable de les jubilades, organizados en colectivos unitarios y en células de resistencia callejera como los jubilados insurgentes en Callao y Corrientes, desarma cualquier intento de demonización estatal; son el espejo de nuestro propio futuro y la demostración de que la verdadera gente de bien está en la calle, no en los atriles del cinismo.

El presidente puede seguir dictando el destino del país a través de su bilis íntima y sus repetidoras pueden continuar en estado de pupa esperando el próximo estímulo para cancelar a quien piense distinto, pero la soberanía de la palabra no se negocia.

Frente al cinismo doctrinario, la indiferencia institucional y la violencia de las patotas digitales, nuestra única trinchera sigue siendo registrar la farsa y pulverizar sus mentiras con datos duros.

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