A modo de cierre (por ahora)

La estrategia oficial ante la persistencia previsional parece calcada de un manual de desgaste pasivo: apostar al silencio, invisibilizar el reclamo y aplicar el “ghosteo” institucional como si la indiferencia fuera capaz de licuar la realidad.
El poder político opera bajo la premisa de que ignorar el conflicto equivale a desactivarlo, estirando la cuerda con la certeza de quien se cree inmune al paso del tiempo.
Sin embargo, el termómetro real de la calle desarma cualquier intento de demonización. En las marchas de los miércoles no se registran incidentes de tránsito ni roces violentos entre los civiles de a pie o los automovilistas. Al contrario: lo que se respira es una solidaridad orgánica.
Si se escuchan bocinazos en las avenidas de la Capital, no son expresiones de agresión o contaminación sonora, sino ese repiqueteo con ritmo clásico y reconocible que los conductores usan para bancar la lucha del otro.
Es la reacción espontánea de la verdadera “gente de bien” —lejos del sentido que el discurso oficial le impone a esa frase—, que al mirar por la ventanilla no ve un enemigo que le traba el día, sino que ve reflejados a sus padres, a sus abuelos y, inevitablemente, a su propio futuro.
Al clausurar los canales de diálogo y subestimar esta constancia, el Gobierno está dejando crecer un conflicto que, por su autenticidad, se vuelve incontrastable y profundamente caro al sentimiento de los ciudadanos de la Autónoma.
Las demandas sociales no se evaporan: se acumulan como platos en la cocina hasta que ya no queda espacio ni para tomar un vaso de agua.
Cuando el dique de la paciencia termine de romperse, la acumulación de datos, realidades y reclamos va a golpear con una política tan inapelable que el oficialismo va a lamentar no haber parado la pelota a tiempo.
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