La lucha de les Jubilades contra el Gobierno del Hambre #1

Episodio 1: Surgimiento y Estado Actual de una lucha de décadas



La raíz histórica y la herencia de Norma Plá

La constancia de los miércoles no nació ayer; tiene una de las genealogías de lucha más largas de la historia social argentina. Hay que remontarse a principios de 1991, cuando las políticas de ajuste y privatizaciones del menemismo (digámoslo, el PERONISMO DE LOS 90), bajo la gestión económica de Domingo Cavallo, congelaron los haberes previsionales en una miseria.

En ese escenario de desamparo emergió la figura de Norma Plá, una mujer que se puso al frente de una militancia inquebrantable. Ella y un puñado de jubilados instalaron una metodología inédita: ocupar las inmediaciones del Congreso de la Nación metódicamente, semana tras semana, cada miércoles, desafiando los gases, las vallas y el ninguneo del poder político.

Lograron meter la agenda previsional a la fuerza en la discusión pública, dejando una marca identitaria imborrable. Esa persistencia continuó durante años como un fuego encendido por el núcleo duro de las organizaciones históricas, transformándose en el símbolo máximo de la dignidad de la tercera edad frente a los atropellos del Estado.



El resurgimiento y la resistencia en el inicio de 2024

Esa tradición, que había quedado replegada a un marco estrictamente sectorial, volvió a estallar con fuerza en el primer bimestre de 2024. Apenas asumió la gestión de Javier Milei, el lanzamiento de la Ley Bases y el fuerte proceso inflacionario golpearon de lleno el poder adquisitivo de la clase pasiva.

Ante el shock económico, el núcleo histórico de los jubilados organizados —como la Mesa Coordinadora— entendió que el único camino era recuperar su trinchera histórica. Entre enero y febrero de 2024, en medio de los debates legislativos y la conflictividad callejera, los pañuelos blancos y los carteles artesanales volvieron a plantarse de manera fija los miércoles frente al anexo del Congreso.

Lo que empezó como la resistencia de un grupo pequeño pero firme frente a la licuación de sus ingresos, comenzó a ganar visibilidad rápidamente. Para marzo, los miércoles ya volvían a figurar en el radar de la militancia previsional como la cita obligada contra el ajuste.



El camino al conflicto y la sanción de la Ley de Movilidad

La tensión acumulada durante la primera mitad del año encontró su canal de drenaje en el Congreso, donde la oposición legislativa logró avanzar en un proyecto para modificar la fórmula de movilidad jubilatoria que venía por decreto.

La ley buscaba otorgar un aumento, aunque modesto, para compensar la inflación acumulada y garantizar un piso mínimo que cubriera la canasta básica.

A medida que el proyecto avanzaba y sumaba el rechazo absoluto del Poder Ejecutivo —que argumentaba que cualquier concesión ponía en riesgo el déficit cero—, las marchas de los miércoles empezaron a ganar volumen político.

El Presidente Milei apostó a la Gran Cristina e intentó argumentar con la estupidez que les Jubilades quiebran al Estado.

Los jubilados ya no marchaban solos en los márgenes de la agenda pública; la inminencia de la sanción y la amenaza explícita del veto presidencial convirtieron las inmediaciones del Palacio Legislativo en un hervidero.

La aprobación final de la ley en el Senado no trajo calma, sino que aceleró la cuenta regresiva hacia una confrontación que se volvía inevitable.



El punto de inflexión del 28 de agosto de 2024

El quiebre definitivo se produjo el miércoles 28 de agosto de 2024. Tras confirmarse la decisión presidencial de vetar la Ley de Movilidad recientemente aprobada, la indignación popular colmó las calles del Congreso.

Esa tarde, la movilización de los jubilados fue respondida con una aplicación feroz del protocolo antipiquetes por parte de las fuerzas de seguridad federales. Las imágenes de televisión transmitiendo en vivo la represión con gases lacrimógenos, palos y golpes a ancianos generaron un fuerte impacto en la opinión pública.

Ese día cambió todo: la violencia estatal operó como un catalizador social. Lejos de disuadir la protesta, provocó que el reclamo de los miércoles dejara de ser puramente sectorial. A partir de esa fecha, las marchas mutaron en un polo de confluencia multisectorial: gremialistas, universitarios, trabajadores de la salud y asambleas barriales se sumaron orgánicamente, transformando los miércoles en el epicentro de la resistencia que persiste con fuerza hasta el día de hoy.



A modo de cierre (por ahora)

La estrategia oficial ante la persistencia previsional parece calcada de un manual de desgaste pasivo: apostar al silencio, invisibilizar el reclamo y aplicar el “ghosteo” institucional como si la indiferencia fuera capaz de licuar la realidad.

El poder político opera bajo la premisa de que ignorar el conflicto equivale a desactivarlo, estirando la cuerda con la certeza de quien se cree inmune al paso del tiempo.

Sin embargo, el termómetro real de la calle desarma cualquier intento de demonización. En las marchas de los miércoles no se registran incidentes de tránsito ni roces violentos entre los civiles de a pie o los automovilistas. Al contrario: lo que se respira es una solidaridad orgánica.

Si se escuchan bocinazos en las avenidas de la Capital, no son expresiones de agresión o contaminación sonora, sino ese repiqueteo con ritmo clásico y reconocible que los conductores usan para bancar la lucha del otro.

Es la reacción espontánea de la verdadera “gente de bien” —lejos del sentido que el discurso oficial le impone a esa frase—, que al mirar por la ventanilla no ve un enemigo que le traba el día, sino que ve reflejados a sus padres, a sus abuelos y, inevitablemente, a su propio futuro.

Al clausurar los canales de diálogo y subestimar esta constancia, el Gobierno está dejando crecer un conflicto que, por su autenticidad, se vuelve incontrastable y profundamente caro al sentimiento de los ciudadanos de la Autónoma.

Las demandas sociales no se evaporan: se acumulan como platos en la cocina hasta que ya no queda espacio ni para tomar un vaso de agua.

Cuando el dique de la paciencia termine de romperse, la acumulación de datos, realidades y reclamos va a golpear con una política tan inapelable que el oficialismo va a lamentar no haber parado la pelota a tiempo.