Del otro lado del charco tambien hay caraduras encaramades en el Poder

La degradación de la investidura pública no reconoce fronteras. El incidente de la camioneta de Yamandú Orsi evolucionó rápidamente de una sospecha de pasillo a una investigación formal ante la JUTEP, transformando un supuesto acto privado en un verdadero asunto de Estado.
La respuesta del mandatario ante el escrutinio público fue un ejercicio de cinismo explícito y pomposo. Utilizando los canales oficiales de la presidencia para defender un interés puramente personal —con una desidia absoluta por el cargo—, Orsi montó un video propagandístico que apenas alcanzó las 7.100 visualizaciones; una muestra gratis de la desconexión total y del rechazo de la ciudadanía a su defensa corporativa pagada con fondos públicos.
En su discurso, plagado de lugares comunes sobre que “la verdad no se dibuja”, intentó disfrazarse de vecino austero que solo buscaba un “auto seguro” para trabajar, omitiendo que aceptar un beneficio económico de 25.000 dólares de un proveedor estatal días antes de asumir es una grosería ética.
Peor aún: para financiar el chiche nuevo, se cuestiona la venta de un activo que había sido donado originalmente para la campaña electoral. Es decir, desvirtuaron bienes destinados a la causa pública para financiar un capricho privado. Este episodio remite inevitablemente al manual de los 90 en Argentina y al caso de la Ferrari Testarossa regalada a Carlos Menem.
Es el signo de una casta que confunde lo público con lo privado, donde los descuentos de favor de los poderosos terminan siendo el precio de la complacencia estatal.
Oliva Automotores, junto a la marca Fidocar, actúan como proveedores del ecosistema público y reciben beneficios fiscales del Ministerio de Economía y Finanzas; un esquema de reciprocidad que la normativa ética exige vigilar a punta de cañón.
Pero a Orsi ya le conocemos la doble vara. Su retórica colisiona de frente con la conducta material en el Atlántico Sur. Mientras monta el acting de solidarizarse con la Argentina, su gestión permite recurrentemente que el territorio uruguayo sirva de nodo logístico vital para las fuerzas militares del Reino Unido.
La producción de Locomoción TV desmintió categóricamente el supuesto “humanitarismo” que el mandatario esgrime: bajo la fachada de “ambulancia humanitaria”, permitieron la operación de un Airbus A400M Atlas —una mole de transporte pesado con capacidad para 37 toneladas— registrándose maniobras espurias como el apagado de transpondedores para evadir radares. Uruguay operando, en los hechos, como el soporte estratégico del despliegue militar colonial británico. Una hipocresía política que chorrea náuseas.
¡Vamos a las imágenes!

La asimetría del poder, el peso de una mitomanía ya probada y la traición sistemática a la causa Malvinas confirman la naturaleza de quienes hoy ocupan sillones presidenciales a ambos lados del río.
Los pueblos terminamos siendo víctimas, y en cierta medida marginalmente responsables, de las autoridades que elegimos y toleramos.
Acostumbrarse a este desfile de caraduras, donde la retórica de la transparencia se usa para encubrir prebendas de proveedores y favores a piratas, sería aceptar la degradación moral como norma de gobierno.
Ante esta realidad material y documentada, no queda otra alternativa que experimentar una profunda náusea política y seguir archivando a los desfachatados de turno.
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