El Heraldo Furioso #31

LA SOBERBIA DE UNA MONARCA CON CELDA Y SIN PALACIO


La Audiencia de Cristina Fernández de Kirchner por la Causa Cuadernos expone una mente que no reconoce autoridad externa. Desde el primer segundo, la exmandataria despliega una gestualidad diseñada para marcar que ella dicta los silencios y el volumen de la sala.

No hay respeto por el protocolo judicial; hay un desprecio físico hacia la institución. Es el comportamiento de quien se siente una figura histórica obligada a perder minutos con terrenales que osan pedirle un documento de identidad.

La farsa comienza con la identidad. Oculta el “Elizabeth”, agrega el “de Kirchner” que nadie le pidió —buscando una validación de casta y patriarcado— y juega con una confusión sobre su edad que no es olvido, sino negación de la realidad fáctica.

Su ignorancia jurídica aflora cuando alega que sus condiciones de vida son de “público y notorio”, omitiendo la palabra conocimiento; una rustiquez que delata a quien aprendió a leer y escribir en un esquema donde la profundidad no importa si se mantiene la pose.

El manejo del micrófono como si fuera un cetro y los microgestos de hartazgo mientras el secretario lee el protocolo son señales claras: para su psiquis monárquica, el trabajador judicial es un mueble invisible.

Busca la validación de su claque o de la cámara antes que responder al tribunal. Es el Síndrome de Nathan Jessup en versión vernácula: como el personaje de Nicholson en Cuestión de Honor, su soberbia le impide aceptar que un “inferior” la interrogue. Jessup cae porque su ego es más grande que su instinto de preservación; ella camina por la misma cornisa.

Estamos ante la sombra de Bob Patiño: el abismo de la vanidad. La fiscalía no necesita astucia, solo debe llevarla al umbral de su propia inseguridad intelectual. La necesidad de demostrar una superioridad de la que carece la obliga a hablar de más, a confesar por el puro placer de decir “fui yo porque soy la única que podía hacerlo”. El desprecio por las formas es el motor que la empuja a pisar el palito.

Al final, la historia y el cine enseñan que este camino tiene un final previsible. El acusado que decide que el tribunal no tiene autoridad moral termina inmolándose en el altar de su propio ego.

El Sambenito no se lo cuelga un juez; se lo cuelga ella misma por no saber bajarse del pedestal a tiempo. Como en Guantánamo o en Comodoro Py, la realidad es ese muro que ni siquiera la soberbia más alta puede saltar.

Visits: 0

Leave a Reply