Apéndice: El eco de Gelsenkirchen
El colapso deportivo de la Selección Femenina de Irán en esta Copa Asiática —reflejado en un marcador de 9 goles en contra y cero puntos— no es un déficit técnico, sino un síntoma de terror. La historia del fútbol ya registró este fenómeno: en el Mundial de Alemania 1974, los jugadores de Zaire salieron a enfrentar a Brasil bajo una amenaza de muerte directa del dictador Mobutu Sese Sese Seko si perdían por más de tres goles.
La icónica imagen del defensor Mwepu Ilunga rompiendo la barrera para patear el balón antes que el brasileño Roberto Rivelino ejecutara su tiro libre, fue burlada durante décadas como un acto de “exotismo” o ignorancia. Hoy sabemos que era pánico puro; un intento desesperado por detener el cronómetro y evitar ese cuarto gol que significaba una sentencia de muerte al regresar a casa.
“Aunque en aquel momento el mundo se rió del desconcierto de los brasileños, la historia guarda un silencio respetuoso sobre lo que ocurrió en esos minutos finales. La nobleza técnica de un fuera de serie como Rivelino —quien confesó haber sentido un clima ‘extraño’ y de súplica en sus rivales— nos permite intuir que, de haber conocido el fusil que apuntaba a la nuca de sus colegas africanos, aquel misil de zurda habría terminado, por piedad, en lo más alto de la tribuna. El marcador se clavó en un providencial 3 a 0: el límite exacto entre la vida y la ejecución.”
Cincuenta años después, las jugadoras iraníes vivieron su propio “momento Ilunga” en los pasillos de un hotel en Australia. Al igual que en 1974, cuando el fútbol se convierte en rehén de estados totalitarios, el resultado en el marcador deja de ser una estadística deportiva para transformarse en un angustiante registro de supervivencia.
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