La Heteronorma: El látigo de la ultraderecha

Hay una secuencia que se repite en todas las agresiones de los “pobres de derecha” transandinos y que es el indicio de que el Estado chileno fue exitoso en el disciplinamiento a todo nivel.
Para la ultraderecha chilena, y especialmente para el proyecto de José Antonio Kast, la heteronorma no es un valor familiar, es un dispositivo de control social. Es el látigo con el que se castiga cualquier asomo de disidencia o libertad individual.
- La familia como cuartel: Bajo el discurso de “la familia tradicional”, la ultraderecha busca reinstaurar una jerarquía donde el individuo desaparece. El “negado mental” abraza esta norma con desesperación porque es lo único que le da una sensación de orden en un mundo donde no tiene poder económico. Se convierte en un guardián de la moral ajena para no tener que enfrentar la miseria de su propia libertad confiscada.
- Homofobia como política de Estado: El odio a lo diferente, que ya analizamos como una autorrepresión, aquí se institucionaliza. Kast no tiene una trayectoria, tiene un prontuario de ataques a las diversidades. Al señalar al homosexual o a la mujer empoderada como “el enemigo de la nación”, el Estado le entrega al peón un chivo expiatorio. El mensaje es claro: “No importa que seas pobre, sos normal; y ser normal te da derecho a odiar al que es libre”.
- El pánico al deseo: La heteronorma impuesta a sangre y fuego genera una sociedad de sujetos aterrados por sus propios deseos. El “ignaro” que insulta en redes no lo hace por convicción religiosa, sino por pánico. La libertad ajena le recuerda constantemente su propia castración. El látigo de la ultraderecha no golpea solo hacia afuera; golpea hacia adentro, obligando al 60% de los “pobres de derecha” a vivir vidas grises, rígidas y resentidas.
En conclusión, la heteronorma es el pegamento que mantiene unido al modelo de sumisión. Sin ella, el peón podría empezar a preguntarse por qué obedece. Al darle un “orden moral” superior, la ultraderecha logra que el oprimido se sienta parte de un ejército espiritual, mientras el patrón le sigue vaciando los bolsillos. Es el triunfo del prejuicio sobre la realidad; la última frontera de la lobotomía chilena.
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