Todo empezó por que alguien no supo decir que no

Cuando alguien aborrece tu existencia, no descansa: busca cualquier cosa que haya flotarle en el aire para tirártela por la cabeza. En la era de la web artesanal (y también en la actual) hay gente que se esmera obsesivamente por tenerte a su merced y hacerte la vida a cuadritos.
Existe una fauna particular: esa que no tolera que sepas quién es. Te llaman desde un número privado. Tienen todo el derecho del mundo a ocultarse, por supuesto. Pero en un esquema de mutuo respeto, uno tiene exactamente el mismo derecho a no atender jamás esa llamada.
A partir de ahí, la dinámica se vuelve desquiciada. Te llaman indignados, insisten hasta que les hacés un desplante y te reclaman que “era un tema urgente”, sumando reproches cada vez más extemporáneos. Ese es el preciso instante donde hay que cortar todo tipo de contacto.
Parece drástico, pero si no lo hacés, solo se abren tres caminos hacia el mismo barranco:
- Disculparse y esperar que no vuelva a pasar: Extendés la agonía de forma indigna. Te van a seguir peleando, recordando el incidente y agregando nuevos capítulos al expediente.
- Tomárselo a risa para descomprimir: Para el atacante, minimizar el drama es una afrenta directa. Siente que no se lo toma en serio, que le faltás el respeto y suma mil estupideces más.
- Ignorar la llamada sin bloquear la vía: Parece la solución genial, pero te bombardeará a toda hora. Tu teléfono pasa a ser un campo de minas y el tipo ya es parte inescindible de tu rutina diaria.
Los tres caminos terminan igual: te cansás, explotás, puteás y quedás electrocutado por un psicópata, viendo cómo tu vida social y tu tranquilidad se desgastan por el simple error de suponer que la gente actúa con buena fe.
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