Locomoción TV – Noticias #119

De campañas neoyorkinas y electoralinas malvineras

El reciente paso del mandatario por la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York dejó al descubierto una línea argumental plagada de contradicciones insostenibles. Por un lado, Milei tildó al organismo internacional de inútil y de servir a una “casta de parásitos”; por el otro, le reclamó que haga cumplir las resoluciones históricas sobre la causa Malvinas.

Este raid neoyorquino no se limitó a los estrados de la ONU. Entre visitas a complejos educativos en Queens y cumbres con referentes de Jabad Lubavitch, el presidente estructuró una agenda de encuentros a puertas cerradas con fondos de inversión de Wall Street.

Allí, bajo el paraguas del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), ofreció las garantías necesarias para el desmantelamiento de regulaciones y el avance del extractivismo corporativo.

En sintonía con este libreto, la Oficina del Presidente emitió un comunicado oficial (caprichosamente rotulado bajo el número 166) para intimar formalmente al Reino Unido a frenar el proyecto hidrocarburífero Sea Lion en la cuenca Malvinas Norte en un plazo de dos semanas, amenazando con acudir al Tribunal Internacional del Derecho del Mar.

La selección de los blancos expone los límites de la jugada: mientras se apunta contra permisos británicos y rutas aéreas específicas, se sostiene un silencio cómplice frente a la participación de empresas de capitales israelíes como Navitas Petroleum en la misma cuenca, evidenciando que la geopolítica oficial prioriza los alineamientos automáticos con Washington y Tel Aviv por sobre la consistencia en el reclamo soberano.

¡Vamos a los informes!

La pirotecnia discursiva y los plazos perentorios emitidos desde despachos oficiales operan, en el fondo, como un montaje de campaña con la mira puesta en 2027.

Utilizar la causa más cara al sentimiento argentino como un fusible de marketing político (mientras se entregan los resortes estratégicos del territorio a los grandes capitales transnacionales) confirma que la supuesta épica patriótica no es más que una cortina de humo.

Al final del recorrido, la factura de esta subordinación serial no la pagará la claque neoyorquina ni los ejecutivos de Wall Street, sino una sociedad sometida a las urgencias de un ajuste permanente.

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