A modo de cierre (por ahora)

El contraste es absoluto. Por un lado, una dirigencia implacable para multar el color y la memoria soberana de un club de barrio, pero perfectamente ciega y sorda cuando esos mismos hinchadas sufren emboscadas a balazos en la ruta; por el otro, esa misma dirigencia envuelta en explicaciones defensivas, citaciones de un Gran Jurado y sospechas de corrupción a gran escala en tribunales internacionales.
La proclama implícita que hoy unifica a los escritorios de Luque y Viamonte responde a un único patrón: ceder ante el capital concentrado, censurar el sentimiento popular, ignorar la violencia que sufren los simpatizantes y negar las investigaciones judiciales hasta que los hechos se vuelvan indefendibles.
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