El Grito de Guerra y la Hipocresía del Nobel: La Doble Cara de la Fjordlandia

APÉNDICE 2 – La Aritmética de la Muerte: El precio de lista de nuestra existencia

Noruega no es una democracia de “buenas intenciones”. Es un Capitalismo de Estado donde la empresa pública y el interés parlamentario son una sola estructura. Si el Estado no da el sí, nada se mueve en los territorios que expolian.

I. El sicariato económico en Malvinas

Mientras la petrolera estatal, Equinor, se sienta a la mesa en Argentina para explorar nuestro Mar Argentino —llevándose información y prestigio—, sus empresas subsidiarias proveen la ingeniería necesaria para la ocupación británica en Malvinas. No son aliados, son sicarios. Si están ahí, es porque el Parlamento de Oslo decidió que el beneficio del expolio en nuestras islas es más rentable que el respeto a nuestra soberanía.

II. La aritmética de la liquidación

Si trasladamos la “lógica de eficiencia” noruega a los beneficios que obtienen del petróleo en la cuenca de las Malvinas, la cifra resultante es la confesión de su propia miseria moral.

Considerando que la tajada que el Estado noruego ha succionado en servicios y tecnología supera los 300 millones de dólares, y dividimos este botín por los 323 argentinos que ayudaron a asesinar en 1982, el precio de mercado que estos “caranchos de hielo” le han puesto a nuestra existencia es de 928.000 dólares por cada argentino.

Estamos tan seguros de la “sequía moral” de los políticos noruegos que no tenemos dudas: si uno se presentara hoy en el Stortinget con los 43 billones de dólares (escala larga, un millón de millones) que vale el exterminio de nuestra Nación, lo aceptarían sin vacilar. Para ellos, nuestra vida no es una realidad sagrada, sino una variable contable.

Han superado la categoría de crimen de lesa humanidad para inventar el crimen sin humanidad posible: aquel donde el Estado, convertido en sicario, se sincera como una estructura desprovista de cualquier rasgo humano.

El Estado noruego opera como ese macho que, por el solo hecho de ser “proveedor” de fondos, se cree con derecho de pernada sobre nuestra historia y nuestra soberanía. Jugar a dos puntas —ser sicarios financieros y autoproclamados humanistas— es un negocio que les ha funcionado solo porque nadie se había tomado el trabajo de exponer su falta de ética. Pero Noruega, con su accionar en la Causa Malvinas, ha demostrado que una piedra es más decente y sensible que ellos.

Han confundido la solvencia bancaria con la superioridad moral, sin advertir que, al exprimir nuestra sangre para sus balances, solo han conseguido quedar desnudos ante la historia: como una estructura política que, bajo su manto de hielo, esconde la vacuidad más absoluta.

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