El Grito de Guerra y la Hipocresía del Nobel: La Doble Cara de la Fjordlandia

Los Sicarios de Stortinget blandiendo su hipocresía criminal

El Rey de Noruega y hasta el mismísimo y mercantilmente humanitario Parlamento de Oslo (el Stortinget) son, ante los ojos de la Historia, una cueva de encubridores. Esos burócratas que se llenan la boca con la paz mientras esconden bajo las alfombras del edificio de Stortinget los 323 crímenes de lesa humanidad que permitieron y facilitaron.

Representan la frialdad psicopática que decide desde un despacho quién vive y quién muere, perpetrando una complicidad criminal que ni siquiera el paso del tiempo puede lavar.

No nos confundamos: una sociedad puede estar compuesta por gente noble, pero los dirigentes y monarcas en todos los casos operan como psicópatas, aunque en algunos se note poco.

Noruega se llena la boca dando lecciones de paz mundial, repartiendo Premios Nobel desde su pedestal de moralidad impoluta, mientras sus legisladores actúan como sicarios administrativos.

No son ingenuos: son profundamente competitivos y calculadores. Han construido un relato de paz mientras fueron cómplices necesarios de un crimen de lesa humanidad que, hasta hoy, se niegan a reconocer con un pedido de perdón formal.

Supongo que el 99% de los noruegos ignora este incidente; porque de saberlo, tienen maneras muy efectivas de obligar al Estado a subsanar semejante locura.

Cuando los noruegos se enojan, tiemblan hasta las cuevas de los ratones que se creen jefes o se amparan en títulos nobiliarios.

La salida es clara, sana y no les costaría ni un céntimo: una disculpa pública del Parlamento, del Primer Ministro y del Rey, junto con la renuncia definitiva del Estado noruego a seguir otorgando el Premio Nobel de la Paz, una distinción que hoy carece de autoridad moral.

Si un argentino pudiera mirarlos a los ojos a los parásitos del Reino de Noruega y exigirles coherencia, la máscara de “país adorable” se les caería al piso.

Mientras ellos sigan ocultando su complicidad bajo el manto de la “neutralidad”, su premio Nobel es una farsa, su paz es una puesta en escena y su humanidad estatal es, ante nuestros ojos, una abominación.

Nuestra crítica está dirigida exclusivamente a la maquinaria del Capitalismo de Estado noruego y sus tecnócratas.

No alcanza, en absoluto, al pueblo noruego, con cuya calidez y cultura uno desearía cruzarse en cualquier mesa de café o celebrar un mundial, sino a la élite política que ha convertido a su Nación en un sicario administrativo de guante blanco.

La clase política noruega padece de un cinismo vulgar. Sus políticos, acostumbrados a moverse en una burbuja de riqueza petrolera, han caído en un populismo cínico y rústico.

Al intentar jugar a la política de “justicia social” global (mientras en la práctica operan como una maquinaria de guerra mercenaria) demuestran no solo una falta de elegancia, sino una perversión profunda.

Es un disfraz barato para esconder que, bajo sus trajes de tecnócratas nórdicos, laten corazones de burócratas siniestros. Carecen de toda sensatez humana estos caranchos.

Cualquier coincidencia con el Tercer Reich nunca en la Historia noruega fue casualidad.

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