El Grito de Guerra y la Hipocresía del Nobel: La Doble Cara de la Fjordlandia

Se pasean por las tribunas de este Mundial coordinando un “Rú” que estremece los cimientos del estadio, con una precisión que intimida y cautiva. Son los vikingos modernos.

Los vemos y, si apagamos nuestra Memoria Histórica, hasta pueden parecen simpáticos, adorables y realmente impresionantes.

Me recuerdan a esos tipos que uno cruza en la vida: gente cálida, “Hombres de Atapuerca” con los que compartirías una cerveza sin vueltas.

A mis años, he conocido noruegos de carne y hueso que me despertaron esa misma humanidad que pretendo defender.

¿Cómo es posible que una sociedad que procesa sus propios traumas —como la atroz masacre de la isla de Utøya, aquel 22 de julio de 2011, donde un desquiciado asesinó a jóvenes militantes socialistas— con una supuesta “humanidad superior”, haya sido capaz de aplicar una deshumanización tan atroz hacia nosotros?

Para el Estado noruego, los 323 argentinos del Crucero General Belgrano no fueron vidas; fueron coordenadas, fueron datos de inteligencia, fueron “cosas” descartables entregadas al almirantazgo británico desde la estación Fauske II para facilitar su matanza.

Ahí es donde el “Atapuerca” amable desaparece y asoma la Bestia y la Bestia siempre es el Estado.

Como socialista, tengo claro que el Estado, en todas sus versiones, no es más que una estructura de dominación: una máquina que poco tiene que ver con una sociedad civilizada. Ningún Estado que haya atacado a nuestro Pueblo lo hizo con tal ferocidad y falta de humanidad como el noruego.

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