El origen de un grito colectivo

El movimiento Ni Una Menos no nació en las estructuras tradicionales de la política; surgió como una reacción visceral ante el hartazgo social. El detonante definitivo fue el femicidio de Chiara Páez, una adolescente de 14 años enterrada en el patio de la casa de su novio en Rufino, Santa Fe, en mayo de 2015.
Ese crimen catalizó una convocatoria que el 3 de junio de ese año desbordó las plazas de todo el país. Detrás de la instalación del concepto y de la viralización del hashtag fundacional existió el impulso inicial de un grupo de escritoras, periodistas y activistas que supieron traducir la indignación en un hito de movilización masiva.
Con el tiempo, esa herramienta de visibilización y disputa simbólica abrió camino a una agenda que trascendió la consigna inicial para meterse de lleno en las estructuras económicas y judiciales que sostienen la violencia de género.
A once años de aquella primera jornada histórica, las calles volvieron a ser el termómetro de una urgencia que no admite dilaciones. La movilización de este 3 de junio estuvo atravesada por el dolor profundo y la rabia ante el brutal femicidio de Agostina Vega en Córdoba.
Su nombre se sumó a las banderas de una plaza que se niega a naturalizar la crueldad y que volvió a ocupar el espacio público como la única herramienta legítima de resistencia.
Lejos de las disputas partidarias tradicionales y los discursos de la grieta mediática, el documento central de este año recuperó la calle como un territorio de disputa real por la vida, la dignidad y la supervivencia de las mujeres y disidencias.
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