Los Mercenarios del Star System y sus poses legendarias



Las declaraciones sobre el racismo en la Argentina, que pareció ser un buen negocio durante el Mundial de Fútbol fue una tentación a lo que no pudieron resistirse los que roban cámara haciendo plata con las luchas de los pueblos oprimidos. Tanto Samuel L. Jackson como Javier Bardem vieron en esa vidriera un lugar donde su hipocresía podía sumarle dólares a sus cuentas bancarias y, como buenos comerciantes de la muerte, aprovecharon la circunstancia para llevarse la plata de lo que otros llevan la cicatriz.

Veremos en este informe la mecánica mediante la cual celebridades del cine anglosajón y europeo funcionalizan causas sociales y estereotipos raciales para consolidar su patrimonio y vigencia mediática, contraponiendo dicho modelo con la trayectoria de un actor argentino como Ricardo Darín.

El cine industrial estadounidense convirtió el racismo y la desigualdad en una línea de negocios altamente rentable. En este esquema, figuras consagradas del star system cobran salarios multimillonarios por encarnar o validar estereotipos que refuerzan la hegemonía cultural del Norte sobre las minorías locales y los países del Tercer Mundo.

Sintéticamente, podríamos decir que vemos en Jackson y Bardem a dos personajes que recaudan de la Tragedia transformándola en Comedia. Los pueblos ponen la sangre y ellos se llevan los dólares.



Samuel L. Jackson: del activismo al usufructo del “Tío Tom”

  • La cooptación del militante: Pasó de ser perseguido por el FBI en los años 60 por protestas armadas por los derechos civiles a convertirse en el actor más taquillero de la historia de Hollywood.
  • El rol funcional: Su encarnación de Stephen en Django Unchained (2012) expone la paradoja: la industria le pagó millones por representar la versión más vil del colaborador con el opresor blanco.
  • El costo del discurso: Durante el auge del movimiento Black Lives Matter, su participación se limitó a videos virales y apariciones mediáticas. La denuncia se transforma en contenido publicitario para sus películas, mientras su patrimonio queda blindado en la cima de la estructura económica que condena a las calles.



Javier Bardem: la condescendencia del “Progresismo Europeo”

  • El estereotipo lucrativo: Construyó su estatus internacional interpretando arquetipos de la “barbarie” hispana o latina (Perdita Durango, No Country for Old Men), alimentando la demanda hollywoodense de villanos latinos oscuros y desquiciados.
  • El sermón hacia afuera: Se posiciona como juez ético global emitiendo juicios morales sobre la sociedad argentina o latinoamericana desde conferencias de prensa europeas. Este “activismo de festival” le permite lavar culpas de producción sin arriesgar financiamiento ni mercado.



Ricardo Darín: la negativa al papel de reparto imperial

El contraste con Ricardo Darín no es solo actoral, sino ético y político respecto a cómo posicionarse frente a la maquinaria de la industria estadounidense.

Cuando Tony Scott y la producción de Hollywood le ofrecieron a Darín un papel junto a Denzel Washington, la condición era interpretar a un narcotraficante mexicano. La respuesta del actor argentino marcó una postura poco frecuente en el medio:

“Me ofrecían hacer un narcotraficante mexicano. ¿Por qué? ¿Para ellos todos los narcotraficantes son latinoamericanos, en el país que es el mayor consumidor de la tierra? No me gustó.”

Al ser cuestionado en la televisión argentina sobre la masa de dinero que había dejado pasar al rechazar a Hollywood, la respuesta sintetizó una filosofía opuesta al consumo anglosajón: “¿Y para qué sirve? ¿Para vivir mejor? Yo me pego dos duchas calientes por día. La ambición te puede llevar a un lugar muy oscuro.”



A modo de cierre (por ahora)

El fenómeno de las estrellas multimillonarias en EE.UU. y Europa muestra cómo la industria absorbe la rebeldía o el discurso de equidad y lo convierte en mercancía.

Mientras algunos aceptan interpretar el rol de “Tío Tom” o el de “latino siniestro” para mantener sus privilegios en la Metrópoli, la decisión de permanecer en el cine regional y rechazar los clichés imperiales se sostiene no solamente como una pose mercantil sino como auténtica soberanía cultural.