Lección de patria para los jóvenes argentinos



¡Hijos míos! Si vengo desde el fondo de la historia a hablarles hoy, no es para castigarlos con leyes difíciles, sino para abrirles los ojos. Les hablo como un padre que ve a sus hijos dejarse engañar por espejitos de colores y palabras ruidosas.

La patria que nosotros pensamos era una casa con una sola regla, una regla muy simple: la ley tiene que ser igual para todos. Como el sol, que cuando sale a la mañana les pega en la cara de la misma forma al presidente del país y al chico que sale a repartir en bicicleta. Si la ley no es igual para todos, no hay libertad; lo que hay es una mentira.

Miren hoy lo que pasa en el gran atril de la televisión. Ahí sale todos los días el maestro de la austeridad, el hombre que les dice a ustedes que hay que aguantar, que hay que pagar cada impuesto y que hay que manejarse siempre con los papeles en blanco. Pero cuando la Justicia le va a revisar sus propios bolsillos, la historia cambia.

Primero dijo que sus casas grandes en dólares las pagó con plata que le prestaron unas abuelitas jubiladas, de pura buena gente que eran, sin cobrarle un solo peso de interés. ¿A quién de ustedes una persona desconocida le regala o le presta miles de dólares a pagar Dios sabe cuándo? ¡A nadie! Y cuando ese dibujo no alcanzó, sacó otra carta de la manga: dijo que tenía guardada una fortuna en monedas virtuales desde el año 2013, escondida en el teléfono, “en negro, como todos”, les dijo, queriendo hacerse el compadre.

Pero miren la trampa, mis jóvenes amigos: ese mismo hombre, hace unos años, salía en los videos diciendo que él no se metía en ese mundo digital porque no lo entendía. ¿Cómo puede ser que hoy le diga al juez que era un genio de las finanzas en 2013, si en 2015 decía que no entendía de qué se trataba? Es una mentira matemática. Cambió las fechas para que los números le cierren y para esconder una plata que no puede explicar de dónde sacó.

¿Y saben qué es lo más triste? Que para controlar que los políticos no hagan estas cosas, el Estado armó una oficina que se llama Oficina Anticorrupción. Suena importante, ¿no? Pero piensen en esto: esa oficina le cuesta al país cuatro mil ochocientos millones de pesos por año. ¿Y saben en qué se gasta casi toda esa montaña de plata de sus impuestos? En pagarle el sueldo a los jefes de esa oficina, que cobran más de seis millones de pesos por mes cada uno. ¡Y los elige el mismo Presidente! Es como si en la escuela pusieran a cuidar el examen al mejor amigo del que se quiere machetear. No van a ver nada. Cobran fortunas para mirar el pasado y hacerse los ciegos con los que mandan hoy.

Si cualquiera de ustedes, o sus padres en el negocio, se olvidan de pagar un impuesto o declaran una deuda que no existe, la AFIP les cierra el local, les traba la cuenta del banco y la ley los puede mandar a la cárcel de tres a nueve años de cumplimiento efectivo. Para el ciudadano común, todo el peso del castigo; para el Jefe de Gabinete, la siesta de los jueces que esperan a que se termine el gobierno para actuar.

Hijos míos, no se dejen engañar por los que usan mi nombre para cometer crímenes o para justificar sus privilegios. La libertad de una nación no se mide por los discursos de un atril; se mide por la decencia de sus gobernantes. Mientras el que maneja el Estado pueda esconder su fortuna en negro e inventar deudas con jubiladas, ustedes seguirán siendo ciudadanos de segunda. Exijan una sola vara: la misma regla y el mismo castigo para el último de los laburantes y para el primero de los ministros. Solo así van a tener una verdadera República.